Después de que en la entrada anterior de la sección hablásemos de las levaduras de alta fermentación, hoy vamos a daros consejos para no perderos entre la gran cantidad de cepas que se comercializan de estas levaduras.
Para saber cuál puede ser la apropiada para cada elaboración, debe tenerse claro qué cerveza se va a hacer y las características finales que debe tener. Y en base a eso, debemos fijarnos especialmente en dos características de las diferentes cepas: el poder de fermentación y la formación y degradación de subproductos de la fermentación.
El poder de fermentación es básicamente la capacidad que tiene la levadura para producir alcohol y su resistencia al mismo. A mayor poder de fermentación, mayor volumen de alcohol será capaz de conseguir. Por lo tanto, si queremos una cerveza con una graduación elevada, deberemos elegir una cepa con alto poder de fermentación.
Un claro ejemplo es la levadura Belle Saison de Lallemand, una levadura Ale de origen Belga que nos puede ayudar a obtener cervezas con una graduación alcohólica de hasta 14º, realizando una fermentación rápida a temperaturas incluso más altas que las del rango habitual de las levaduras Ale. Pero ojo, porque además de alcohol esta levadura nos aporta unos aromas característicos a frutas y especias, especialmente a pimienta. Y esta es justo la siguiente característica que tenemos que tener en cuenta a la hora de elegir levadura.
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Levaduras: Levaduras de Alta Fermentación
Vamos a empezar a profundizar en la sección que habla de nuestro microorganismo cervecero favorito centrándonos en las levaduras tipo “Ale”, también conocidas como levaduras de alta fermentación.
La temperatura de fermentación de estos microorganismos suele ser de entre 14 y 25ºC, más alta que la de las levaduras Lager (de las que os hablaremos más adelante). Muchas personas creen que debido a esto, se las conoce como levaduras de alta fermentación, pero esa no es la verdadera razón.
Además de precisar de unas temperaturas más cálidas para realizar su trabajo, estas levaduras se sitúan en la parte superior del tanque durante la fermentación, y de ahí reciben su nombre. Digamos que lo de alta fermentación viene de que les gusta estar por encima.
De hecho este tipo de levadura suele ser “cosechada” para su reutilización en la parte superior de tanques abiertos, aunque si trabajamos con tanques cerrados, al finalizar la fermentación y con una buena dosis de frío, podemos conseguir bajarle los humos a estas pequeñas y llevarlas al fondo para así recogerlas.
Todas las levaduras que llamamos de alta fermentación pertenecen a la especie Saccharomyces cerevisiae. En 1873 Theodore Schwann, uno de los pioneros del desarrollo de la tecnología en torno a la levadura la describió como un hongo al que dio el nombre de Zuckerpilz (hongo de azúcar) que acabó traducido al latín como Saccharomyces.
La temperatura de fermentación de estos microorganismos suele ser de entre 14 y 25ºC, más alta que la de las levaduras Lager (de las que os hablaremos más adelante). Muchas personas creen que debido a esto, se las conoce como levaduras de alta fermentación, pero esa no es la verdadera razón.
Además de precisar de unas temperaturas más cálidas para realizar su trabajo, estas levaduras se sitúan en la parte superior del tanque durante la fermentación, y de ahí reciben su nombre. Digamos que lo de alta fermentación viene de que les gusta estar por encima.
De hecho este tipo de levadura suele ser “cosechada” para su reutilización en la parte superior de tanques abiertos, aunque si trabajamos con tanques cerrados, al finalizar la fermentación y con una buena dosis de frío, podemos conseguir bajarle los humos a estas pequeñas y llevarlas al fondo para así recogerlas.
Todas las levaduras que llamamos de alta fermentación pertenecen a la especie Saccharomyces cerevisiae. En 1873 Theodore Schwann, uno de los pioneros del desarrollo de la tecnología en torno a la levadura la describió como un hongo al que dio el nombre de Zuckerpilz (hongo de azúcar) que acabó traducido al latín como Saccharomyces.
Levaduras: Introducción (1)
Hoy comenzamos una nueva sección para hablaros de uno de los ingredientes más cruciales de la cerveza, la levadura. Tan crucial es, que si llevas un tiempo en ambientes cerveceros habrás oído algo del tipo “el cervecero hace el mosto pero la levadura hace la cerveza”. Y es que sin ella no tendríamos nada parecido a lo que consideramos cerveza.
Se encargan de transformar el azúcar fermentable que contiene el mosto, en alcohol y CO2. Y las cosas como son: una cerveza sin alcohol y sin gas, no apetece tanto (o nada) bebérsela. Así que todos estaremos de acuerdo en que si no fuese por ellas, estaríamos perdidos. Para ser unos seres vivos microscópicos y unicelulares, no pueden ser más valiosos. ¡Pero durante muchos años desconocíamos su existencia!
Antiguamente se creía que la cerveza fermentaba por efecto mágico influido por “los dioses”, y mágicamente se hacía una ofrenda a la deidad que se encargaba de convertir el mosto en cerveza. Los cerveceros británicos llamaban a la espuma que genera la fermentación “godisgood” (dios es bueno) y en partes del norte de Europa se usaban unos bastones mágicos con los que movían el mosto y éste se convertía en cerveza -bastones plagados de microbiota involuntaria, por supuesto-.
Luego, ya en las fábricas, las levaduras que llevaban a cabo las fermentaciones eran aquellas que residían en el propio lugar. Durante el enfriado, que se realizaba durante toda la noche en tanques abiertos, las levaduras del ambiente inoculaban el mosto. Como os podréis imaginar el mosto era colonizado por multitud de microorganismos diferentes. En estas fermentaciones que eran espontáneas, al igual que pasa ahora en cervezas tipo Lambic, la carga principal de la fermentación la llevaban a cabo las levaduras del género Saccharomyces.
Debido a su interés a nivel industrial, las levaduras de este género son las que más se han desarrollado y las que se emplean para la producción de cerveza a nivel mundial, aunque gracias a la diferenciación que busca el sector craft, se han empezado a emplear de manera controlada algunas de esas levaduras no Saccharomyces, que a pesar de no ser capaces de llevar el peso de la fermentación en un entorno natural en el que Saccharomyces le toma la delantera, si se encuentran solas en el mosto, pueden llevar a cabo fermentaciones con un volumen final de alcohol más que digno.
Debemos ser conscientes de que además de alcohol y CO2, la levadura aporta otros componentes a la cerveza y juega un papel importantísimo en el resultado final de la cerveza, por lo cual el abanico que se nos abre con el uso de diferentes levaduras o cepas es bastante amplio. Poco a poco iremos profundizando en cada una de estas levaduras cerveceras, así que si os interesa conocer un poco más a estas grandes aliadas no os vayáis muy lejos que pronto volveremos con más en esta nueva sección.
Se encargan de transformar el azúcar fermentable que contiene el mosto, en alcohol y CO2. Y las cosas como son: una cerveza sin alcohol y sin gas, no apetece tanto (o nada) bebérsela. Así que todos estaremos de acuerdo en que si no fuese por ellas, estaríamos perdidos. Para ser unos seres vivos microscópicos y unicelulares, no pueden ser más valiosos. ¡Pero durante muchos años desconocíamos su existencia!
Antiguamente se creía que la cerveza fermentaba por efecto mágico influido por “los dioses”, y mágicamente se hacía una ofrenda a la deidad que se encargaba de convertir el mosto en cerveza. Los cerveceros británicos llamaban a la espuma que genera la fermentación “godisgood” (dios es bueno) y en partes del norte de Europa se usaban unos bastones mágicos con los que movían el mosto y éste se convertía en cerveza -bastones plagados de microbiota involuntaria, por supuesto-.
Luego, ya en las fábricas, las levaduras que llevaban a cabo las fermentaciones eran aquellas que residían en el propio lugar. Durante el enfriado, que se realizaba durante toda la noche en tanques abiertos, las levaduras del ambiente inoculaban el mosto. Como os podréis imaginar el mosto era colonizado por multitud de microorganismos diferentes. En estas fermentaciones que eran espontáneas, al igual que pasa ahora en cervezas tipo Lambic, la carga principal de la fermentación la llevaban a cabo las levaduras del género Saccharomyces.
Debido a su interés a nivel industrial, las levaduras de este género son las que más se han desarrollado y las que se emplean para la producción de cerveza a nivel mundial, aunque gracias a la diferenciación que busca el sector craft, se han empezado a emplear de manera controlada algunas de esas levaduras no Saccharomyces, que a pesar de no ser capaces de llevar el peso de la fermentación en un entorno natural en el que Saccharomyces le toma la delantera, si se encuentran solas en el mosto, pueden llevar a cabo fermentaciones con un volumen final de alcohol más que digno.
Debemos ser conscientes de que además de alcohol y CO2, la levadura aporta otros componentes a la cerveza y juega un papel importantísimo en el resultado final de la cerveza, por lo cual el abanico que se nos abre con el uso de diferentes levaduras o cepas es bastante amplio. Poco a poco iremos profundizando en cada una de estas levaduras cerveceras, así que si os interesa conocer un poco más a estas grandes aliadas no os vayáis muy lejos que pronto volveremos con más en esta nueva sección.
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