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El Bautismo con Cerveza

Una tradición que une a deportistas, asociaciones de amantes de la cerveza, ritos iniciáticos de diversa índole y a los Jardineros del Lúpulo es el bautismo con cerveza. Usar la cerveza derramada sobre la cabeza como símbolo del cambio es algo que vemos medianamente normal.

El Bautismo con Cerveza
Tanto, que hasta en la iglesia católica se debió hacer en algún momento. No tenemos constancia de cuantos bebés fueron inscritos usando tal método, pero los suficientes para que el Papa Gregorio IX escribiera en 1241 al obispo Sigurd (cuando ejercía en Trondheim, Noruega) diciéndole que no se debía hacer.

En aquel texto el Papa Gregorio IX afirmaba que según el Evangelio de San Juan, “el hombre debe nacer de nuevo del agua y del Espíritu Santo”, por lo que no podían considerarse válidamente bautizados aquellos que han sido bautizados con cerveza.

Afortunadamente la iglesia siguió fabricando cerveza hasta nuestros días. Pero ya sabéis que aunque mojéis vuestra cabeza con una auténtica cerveza trapense, dicho bautismo no se considera como tal, sino que está anulado por orden papal desde hace siglos.

Rutina de Entrenamiento con Cerveza, de Jason Momoa

Los que nos conozcáis en persona sabréis que a los Jardineros se nos reconoce por nuestro porte atlético y distinguido. Pero no os creáis que esto viene solo, no. Y ojo, que lo de Jason Momoa (Khal Drogo, Aquaman, Conan, etc.) tampoco. Y lo curioso es que, salvando las diferencias, ambas rutinas tienen algo en común: nos negamos a abandonar la cerveza.

Cuando está preparando un papel que requiere estar cachas, Jason Momoa usa un método que llama “resultados acelerados 7” (AR7) y su rutina consiste en hacer de cada ejercicio 7 repeticiones y descansar entre las repeticiones siete segundo. Luego hacer de nuevo todos los ejercicios, pero 6 repeticiones y descansando 6 segundos…. Luego 5, y así, bajando…

Y todo ello acompañado de una dieta baja en carbohidratos (dice tener tendencia a engordar… ¿y quién no?) con cosas como atún, aguacate, pechugas de pollo y espinacas. ¡Pero no renuncia a tomarse una lata de Guinness en la comida y otra en la cena!

Y es en eso en lo que nuestras rutinas coinciden. Pero nuestro entrenamiento es más duro en este sentido: bebemos también entre comidas. Y con cargas e intensidades mayores que la Guinness. Pero es que Jason Momoa es tan fan de la marca que hasta tiene su propia elaboración en edición limitada. ¡Nuestro ídolo!

100 años de la Ley Seca

Ahora mismo, en el momento de la publicación de esta entrada el 17 de enero de 2020, se cumplen exactamente 100 años de la entrada en vigor de la National Prohibition Act (también conocida como Ley Seca, Ley Volstead o Volstead Act en su versión original). Esta ley, en todo Estados Unidos, prohibía la venta, fabricación, posesión o tráfico de bebidas intoxicantes. En principio la definición resultó ser un poco vaga, pero tras un breve periodo de reflexión se dictaminó que se consideraría bebida intoxicante cualquiera que superase el 0.5% de alcohol en volumen.

100 años de la Ley Seca
Esta ley fue la guinda de un pastel que se llevaba años horneando. De forma casi paralela a lo que sucedía en el Reino Unido con el "Temperance movement", la preocupación sobre el alcoholismo y sus consecuencias era un tema que se llevaba tratando en EEUU desde principios del siglo XIX. La "relajación de los valores" fruto de los estados de embriaguez no hacía ninguna gracia a los adalides de la moral (las instituciones religiosas, vamos) que actuaron como lobby para impulsar con fuerza esta dura reforma. El empujón definitivo lo dio la Primera Guerra Mundial. ¿Por qué usar grano para hacer bourbon si se podían alimentar las tropas? ¿Por qué embriagar a los soldados si los hacía combatir peor?

Pero el ser humano llevaba intoxicándose de forma voluntaria toda su historia, ya fuese con plantas, setas, néctares, bebidas espirituosas o cualquier otra cosa. Los bebedores regulares no se quedaron de brazos cruzados, y menos lo hicieron los entrpreneurs de los bajos fondos (léase: la Mafia). Durante los 13 años en los que estuvo activa la Ley Seca, las bandas y el crimen organizado afloraron de forma descontrolada. Los traficantes de bebidas alcohólicas (conocidos como bootleggers) sobornaban a la policía, muy mal pagada por aquel entonces, y no tenían mucha oposición a la hora de perpetrar sus actos criminales (o de salvación, depende a quien se pregunte). Los líderes de las bandas se hicieron inmensamente ricos (o fueron asesinados por otras bandas), y como dato significativo se calcula que el consumo de alcohol no solamente no bajó sino que aumentó tras varios años de aplicación de la ley.

Poco a poco, la ley empezó a ser menos restrictiva. Se permitió elaborar de forma casera bebidas de poca graduación, y la presión de la ciudadanía para abolirla fue cada vez mayor. Finalmente, entre febrero y diciembre de 1933 (según el estado) se levantó el veto al alcohol en Estados Unidos. Las consecuencias de la Ley Seca fueron, en resumen, las siguientes: más crimen, más alcoholismo, muchos menos ingresos en forma de impuestos y una sociedad más irascible. Y bueno, también innumerables leyendas, historias, libros y películas sobre esta apasionante (a toro pasado) época de gánsters, trapicheos y bebidas alcohólicas aguadas fabricadas, esta vez sí, en garajes al margen de la ley. ¡Esperemos que estos años 20 no nos traigan algo así!

Factos etílicos: Peter O'Toole y amigos

Hubo una época en la que todo se veía con otra perspectiva. Una época en la que el consumo excesivo de sustancias no estaba tan mal visto. Los escritores consumían opio, los refrescos llevaban cocaína, los médicos fumaban en la consulta y los actores tenían problemas con el alcohol. Bueno, esto sigue pasando, pero antes esos problemas no eran “problemas”. ¡Daban para anécdotas!

Y un buen ejemplo de ello era Peter O'Toole (actor irlandés, conocido por Lawrence de Arabia), que bebía como si no hubiera un mañana. Tanto que una vez estaba con Peter Finch (actor australiano y también gran bebedor) en un pub irlandés, y como no les servían más porque iban a cerrar… ¡le dieron un cheque al propietario por valor del club! (No se lo aceptó, pero oye, se hicieron amigos e imaginamos que bebieron más).

También, por ejemplo, Oliver Reed (actor inglés) se bebió 126 pintas de cerveza en 24 horas… ¡Muy por encima de los niveles recomendados de consumo máximo! Viendo esto… es normal que Peter O'Toole afirmase cosas como “Disfruté la época en la que uno iba a tomarse una cerveza en París y acababa despertándose en Córcega".

Claro que eso acaba llevando a cosas malas, como lo que decían Richard Harris y Richard Burton: “Llegamos a la conclusión de que la tragedia de nuestras vidas era la cantidad de cosas que no recordábamos, porque estábamos entonces demasiado borrachos para recordar". Bueno, eso y la salud. Peter O'Toole acabó con graves complicaciones por el alcoholismo, tanto que le tuvieron que extirpar el páncreas y parte del estómago. Y con muchos amigos suyos ni llegaron a viejos. Así que, aunque la moderación os de menos anécdotas… ¡No sigáis estos ejemplos!

El lechero que salvó un estilo de cerveza

El estilo de cerveza de trigo conocido como Witbier o Blanche era muy habitual en el norte de Francia y Bélgica. Desde la Edad Media hasta el siglo XIX gran cantidad de cerveceras de esta región la elaboraban y a sus gentes le encantaba. Pero al llegar el siglo XX y la proliferación de las “rubias”, las cosas cambiaron y este estilo se dejo de fabricar quedando en el olvido para muchos.

Pero no todo el mundo pudo olvidarla y aquí entra en acción el que podría ser el héroe de nuestro comic cervecero. Un lechero amante de la Witbier que no pudo permitir que esta cayese en el olvido para el resto de la eternidad, Pierre Celis.

Este hombre creció trabajando en la granja ganadera de su padre (y ayudando en la cervecería de su vecino) y tras casarse se hizo lechero, pero la misión de salvar este estilo que les gustaba y ya no se hacía le hizo convertirse en cervecero. Diez años después de que la última cervecera que producía esta cerveza cerrase, Celis decidió abrir su cervecera y elaborar una Witbier que bautizaría con el nombre de la ciudad de Hoegaarden.

Tras un incendio en los 80, debido a que no tenía nada asegurado, se vio obligado a vender su cervecera a lo que fue InBev, marchó a los Estados Unidos donde en Texas construyo otra fábrica cervecera que tuvo mucho éxito con su “Celis White”, la cual termino también perteneciendo a SAB Miller (que hoy en día, como sabéis, pertenece también a AB InBev).

Pierre regresó a Europa y colaboró con otros cerveceros siguiendo así con su misión de rescatar estilos del olvido (o incluso crear alguno nuevo). Nos abandonó al fallecer en abril del 2011, pero el legado que dejó continúa y gracias a él podemos seguir disfrutando de este estilo belga tan refrescante para el verano.

Factos etílicos: La inundación cervecera de Londres

Vamos a empezar esta entrada (y esta sección) con dos hechos impepinables. El primero: al común de los mortales a día de hoy la cerveza de tipo Porter no es más que uno de los múltiples estilos que hay, sin especial ilusión; pero a principios del siglo XIX en Inglaterra era poco menos que un elixir de vida. El segundo: lo gratis atrae. Y añadimos un tercer hecho, cortesía de la casa: un millón y medio de litros de cerveza son muchos litros de cerveza. ¿Conjugamos los tres hechos?

Corría la tarde del 17 de octubre de 1814 cuando en la cervecera Meux & Co., en pleno Londres, un veterano operario se dio cuenta que uno de los aros metálicos usados para dejar bien unidas las duelas de sus barricas se había soltado. El tipo, que ya había vivido algunas de estas incidencias, dijo que no había problema alguno y que si eso cuando sacaran la birra ya lo arreglarían. “¿Bueno, y qué problema había?”, podéis pensar. El problema era sencillo: el barril hacía 6 metros de alto y contenía medio millón de litros de cerveza. Aún hay otro: al lado había más barriles. Y digamos que la presión dentro de los mismos no era precisamente baja.

Así pues, unos minutos después de su gloriosa decisión de no perder 10 meses de envejecimiento de la cerveza por “una tontería”, se escuchó una gran explosión. El gran tonel explotó de forma brutal, llevándose paredes y otros toneles (y un par de vidas) por el camino. La riada de Porter, calculada en millón y medio de litros, corrió calle abajo. No había sistemas de alcantarillado, así que la marea negra se llevó puertas, algunos gatos y algunas personas también por delante.

Se dice que la mayoría corrían despavoridos y se subían a lugares altos para evitar ser engullidos, pero como ya hemos dicho antes a la gente le gusta –y gustaba- mucho lo gratis, y también la cerveza negra de la época. Pete Brown, gran estudioso de este accidente y autor de varios libros sobre cerveza inglesa, indica en Man Walks Into a Pub que algunas personas se tiraban –literalmente- de cabeza a la riada, tragando como auténticos posesos tanta Porter como podían.

Queremos aportar un dato gratuito pero que os dará algo de luz sobre alcoholismo: en aquella época el consumo “normal” de cerveza se acercaba a las 6 pintas por persona y día, siendo la media de alcohol en volumen de un 7%, aproximadamente. Auténticos borrachos ahogándose en engrudo etílico hasta perder el sentido. Al final no se contaron muchas más víctimas (“solamente” se habla de 8 de forma oficial) pero se dice que algunos cascaron fruto de la intoxicación etílica. La gente estaba muy mal de la cabeza.

Por suerte para los cerveceros (y para la aseguradora... bueno, no creo que tuviesen por aquellos años) la justicia dictaminó que aquella catástrofe había sido “un hecho de Dios” (literalmente: an act of God), cosa que eximió a los jerifaltes y currelas de la fábrica de pagar cuantiosas indemnizaciones que les habrían llevado, indudablemente, a la ruina. Además, el Estado se hizo cargo de las pérdidas derivadas del hecho, y por lo tanto la fábrica pudo seguir funcionando. Así que, si tenéis un barril de madera de 6 metros de alto lleno de cerveza y veis que puede explotar, aprended de los sabios londinenses y preparad bañador, chanclas y toalla.